Estamos ante la, hasta la fecha, serie más cara de la historia. Con un presupuesto envidiable para muchas, lo primero que uno piensa es que han hecho los deberes, que se han empapado de la historia en la que se basan, que el rigor y perfección serán sus metas, pues, como es de esperar, con este mérito económico, todos los ojos estarán puestos en el resultado. Bueno, pues no es así.

Es cierto que la producción es sublime y que cada paisaje, cada ciudad y cada salón real que aparece en pantalla son dignos de un museo. El nivel de detalle en las confecciones que visten los personajes o que tiene los relieves de sus armaduras es de admirar y muchos esperamos ya poder ver el making off de la producción al completo. Pero ni con todos estos adornos y toda la estética, la serie se libra de tener sus errores.

Nos presentan a la elfa Galadriel, interpretada por Morfydd Clark, la versión más guerrera de ella, líder de un grupo de soldados elfos que se dedican a buscar los restos del ejército de Sauron tras la caída de su maestro Morgoth, también conocido como Melkor. También seguimos las investigaciones de otro elfo,Arondir (he tenido que buscar el nombre en internet), que junto a sus compañerospatrulla la tierra media por si resurgen las tropas del señor oscuro. Y, por último, conocemos a Nori, una niña de un poblado nómada hobbit que una noche se encuentra un hombre extraño que parece tener amnesia y poderes mágicos.

El resto de los personajes parecen, por el momento, circunstanciales o demasiado secundarios como para ni prestar atención a sus tramas. Por ejemplo, vemos a nuestro querido Elrond en líos de palacio que en los que no se profundiza nada y uno pierde la atención en dos minutos. Es cierto que en cuarto episodio recobra fuerza su trama, pero, sinceramente, todo lo contado en media serie se puede resumir en diez minutos. También tenemos la historia de Bronwyn, una humana con la que Arondir tiene un interés amoroso, que no tiene ni peso ni trascendencia y solo rellena metraje innecesario. O el misterioso pasado de un náufrago con el Galadriel tropieza en sus aventuras que lleva un cartel de deus ex machina encima que no puede con él.

Aún con estas, uno podría pensar que solo porque se ve bonito y algunas historias pueden ser levemente interesantes, ya puede valer la pena verla. Que los combates serán espectaculares o que las intrigas palaciegas pueden aportar suspense. El público podría esperar un Game of Thrones en la Tierra Media, pero no es lo que va a encontrar. Tanto El Señor de los Anillos como El Hobbit no son obras conocidas por ninguna de estas características. Son historias basadas en un viaje, una misión a cumplir y los tropiezos del camino, la base de la aventura épica por excelencia.

Los Anillos del Poder, en su afán de querer mantener esa esencia, evita estos temas lo máximo posible, pero tampoco trae esa magia que tanto demanda el peso de su título, con la posible excepción de la trama de la guerrera elfa que parece tener algo de redención. Lamentablemente, la serie termina ofreciendo solamente unas historias inconexas ambientadas en el mundo de Tolkien con unos pocos nombres reconocibles regados aquí y allá para intentar contentar algunos fans.

Hasta el momento, la notable falta de ritmo en cada episodio sumado a las aburridas conversaciones con nombres imposibles de recordar y a las interminables exposiciones paisajísticas, sumen al espectador en sopor insufrible. Una alternativa fantástica a los documentales o a las trasmisiones de ciclismo para la siesta del mediodía.