
Después de cuatro temporadas con un guion cada vez más débil, uno pensaría que los guionistas se han quedado sin ideas para las aventuras de Daniel LaRusso y Johnny Lawrence. Y, efectivamente, así es. No solo porque los conflictos más que recurrentes entre estos dos o entre Miguel y Robby sean ya un meme de mal gusto, sino porque la propia historia es una sopa de clichés típica de una película de serie B.
En esta temporada, para variar de las tres anteriores y siguiendo el final de la anterior, el antagonista es Terry Silver, el nuevo dueño de Cobra Kai. Este tramará el plan evidente del mundo para darle un vuelco a la vida de LaRusso y trastabillar su escuela, su negocio y su familia. Aunque todo lo que hace Silver se ve venir de lejos que tiene segundas intenciones y que “lo tiene todo pensado”, nuestro protagonista parece que nació ayer y cae de lleno en los ardides de su enemigo.
Además de esto, veremos la evolución de Lawrence como padre al reintentar reconciliarse con su hijo Robby y estrechar lazos con Miguel, intentando que estos dos hagan las paces después de más de media serie enemistados. Aunque cada intento de este falle, el poder del guión hará su magia y la relación problemática entre estos dos, que recordemos que uno dejó paralítico a otro toda una temporada y casi lo mata, desaparecen en tres minutos de pelea.
El resto de personajes son tan secundarios que todo lo que hacen en pantalla es rellenar metraje para que estos no duren diez minutos. En temporadas anteriores, esto también era así pero se intentaba disimular con relaciones amorosas o peleas entre amigos, en esta ni eso. Cada vez que aparece alguien que no sean estos cinco personajes, uno puede sacar el móvil y revisar su whatsapp con la seguridad de no perderse nada de la trama.
El presupuesto de la serie es mínimo y recuerda a las típicas sitcoms en que todos los episodios suceden siempre en las mismas tres localizaciones. La aparición de actores secundarios de las películas clásicas sigue siendo un uso recurrente y una excusa para justificar agujeros de guion. La banda sonora sigue siendo la misma, o la diferencia es inapreciable, y es posiblemente lo más rescatable.
Pero si hay algo lamentable que debe ser saneado son los combates. Ralph Macchio, el actor que da vida LaRusso, no es capaz de luchar como se espera en una serie que cada episodio, muchas veces por motivos absurdos, hay peleas. Sus movimientos son ortopédicos y simplones lo que hace de sus enfrentamientos una parodia comparados con cualquier otro. Desconozco si es por causa de su condición física, de su salud o de sus ganas, pero viendo el resultado, los guionistas deberían descartar la idea de incluirlo en estas escenas. El resto de peleas protagonizadas por adultos lucen bastante bien y tanto las actuaciones en ellos de Thomas Ian Griffith (Terry Silver) como de William Zabka (Johnny Lawrence) si son creíbles.
La temporada pasa sin pena ni gloria por sus diez episodios, que podrían haber sido cuatro tranquilamente, cerrando tramas secundarias que nadie pedía. Lastimosamente para nosotros, todo indica que habrá una sexta temporada y que a esta serie, que debería haber terminado con la temporada tres, no la dejarán morir dignamente.