Nuestra parte del mundo es una película pequeña, íntima, que se atrinchera en el espacio cerrado de un departamento para hablar de cosas grandes: el amor que se apaga, la familia como campo de batalla y la resignación como forma de supervivencia. Pero en ese encierro, tanto físico como emocional, Juan Schnitman termina construyendo una obra tan calculada que corre el riesgo de evaporarse de nuestra memoria. No es que falte tensión –hay momentos donde el aire podría cortarse con un cuchillo–, sino que todo está tan calibrado, tan sujeto a una voluntad de “realismo” ascético, que lo humano, aunque predominante, queda encajado en un marco por momentos irreal.

La historia es, en apariencia, simple: Jazmín y Marcelo, pareja en vías de separación, se preparan para las últimas vacaciones en familia con su hijo Gaspar. La maleta está casi hecha, la separación casi dicha, y en esas últimas horas antes del viaje lo que estalla no es un grito sino la rutina de lo no dicho. La película sucede casi en tiempo real, lo que le da cierta textura teatral, y opta por el retrato microscópico de las interacciones, más que por el avance narrativo. Schnitman juega a la precisión de relojero: cada frase, cada mirada, cada gesto se convierte en una pieza dentro de un mecanismo emocional.

El problema es que, por más que la dirección apunte a la emoción contenida, lo que consigue muchas veces es distanciamiento. Hay una frialdad medida en el modo en que se presenta el conflicto: los personajes hablan, pero rara vez se escuchan, y cuando lo hacen, el guion se refugia en ambigüedades o repeticiones que no consiguen sugerir profundidad. La apuesta por el naturalismo se transforma entonces en rigidez y termina por hacernos ver una escena que todos sabemos que en la vida real no sería así.

Juan Barberini está correcto como Marcelo, ese hombre derrotado que ya no espera nada, más allá de cierta decencia en la despedida. Margarita Molfino, por su parte, tiene algunos buenos momentos, pero su personaje –Jazmín– queda atrapado entre el arquetipo de la madre ausente y la profesional agobiada, sin que nunca se sienta del todo viva. El trabajo actoral, en general, es parejo y sobrio, pero ninguno de los dos protagonistas logra romper el corsé del minimalismo emocional que impone la dirección.

Donde la película sí destaca es en su puesta en escena. La fotografía de Julián Apezteguia encuentra belleza en lo cotidiano, sin estilizarlo en exceso. Los encuadres, muchas veces fijos, remarcan la incomodidad, la falta de escape. Y la música de Maximiliano Silveira sabe acompañar sin invadir, subrayando apenas algunos momentos clave con una sutileza que se agradece. Hay detalles en el sonido, como los largos silencios y el latido acelerado en un abrazo, que consiguen aportar más a naturalizar las situaciones que los límites impuestos en el guion.

Pero incluso estos logros técnicos refuerzan una sensación de control excesivo. Todo en Nuestra parte del mundo está tan cuidadosamente medido que uno termina deseando una fisura, una irrupción, algo que saque a los personajes –y a la película– de ese letargo emocional. Todo es muy verosímil, muy cotidiano, muy reconocible… y, sin embargo, nada quiebra la superficie. La incomodidad está, pero el drama real no emerge. No hay reproches, no hay gritos ni golpes, solo una tensión calculada en el silencio.

Hay un elemento adicional que se insinúa, pero nunca se desarrolla del todo: la posible condición dentro del espectro autista del hijo. Esto podría haber servido para abrir otras aristas, para pensar los vínculos desde lugares menos transitados, pero la película lo deja en segundo plano. No es una omisión casual: forma parte de esa estrategia narrativa que parece tenerle miedo al énfasis y al giro dramático. Y si bien es legítimo, también es cierto que termina restándole potencia.

Nuestra parte del mundo no es para nada una mala película. Tiene buenas intenciones, un manejo correcto del tono y un diseño visual que acompaña con inteligencia. Pero está demasiado preocupada por no ser melodramática, por evitar cualquier cosa que suene a conflicto convencional, y eso la convierte en una experiencia frustrante. Uno la ve esperando una implosión que nunca llega, una verdad que se mantenga en pie más allá de las miradas esquivas y los silencios incómodos. Y cuando los créditos aparecen, lo que queda es nada.