
Como cada semana, volvemos a asistir a la cita más prescindible del universo cinematográfico de Marvel. En esta ocasión, las dos tramas sobre las que gira todo el episodio son la compra de ropa nueva para nuestra verde protagonista y el pleito que tiene esta contra Titania por los derechos del nombre de Hulka. Dos historias con una relevancia nula tanto en el desarrollo del propio personaje como en el resto del MCU.
Aunque gran parte de la casi media hora de este horror audiovisual no aporta ni un ápice de interés ni nos motiva a ver la siguiente entrega, si hay un detalle, solo uno, que abre la puerta a la redención. En la búsqueda de ropa ajustable a los cambios físicos de la abogada esmeralda por parte de asistente Nikki, descubrimos a Luke, el sastre de los superhéroes.
Esta reinterpretación del estereotipo de diseñador de moda prepotente y superexclusivo (en este caso el super es literal) encaja como un guante con el feel de la serie y con su tono de humor. Un añadido al mundo marvelita que no parece ni forzado ni fuera de lugar y que además aporta un toque de comedia realmente genuina.
Tristemente, no se puede decir lo mismo de la trama del juicio sobre los derechos de la marca Hulka. No hay ni un instante de originalidad y simplemente se basa en repetir las mismas bromas que en episodio anterior con las citas de Jennifer, mientras el personaje de Titania sigue sin un origen explicado ni ningún avance sobre quién es o que quiere más allá de interpretar a una diva con los humos subidos.
En definitiva, un capítulo mediocre más en una serie del montón donde solo es interesante ver las escenas animadas de los créditos finales por si aparece algún guiño o detalle oculto, como unas zapatillas de Deadpool o Cíclope en este caso. Hemos cruzado el ecuador de She-Hulk y seguimos sin saber que nos quieren contar ni porque tenemos que sufrir semana a semana una nueva historia con un guion desganado y sin rumbo. ¿Hay realmente alguien al volante de la serie?