
JT Mollner nos entrega una propuesta que pisa terrenos familiares del thriller, pero lo hace con una audacia que exige atención. Strange Darling se presenta como un rompecabezas narrativo que desenreda su historia en capítulos no lineales, creando un juego tenso entre el espectador y los personajes. Con esta estructura, la película evita la previsibilidad, logrando que incluso los tropos más conocidos del género adquieran un aire renovado.
La película se desarrolla como un constante tira y afloja entre el terror psicológico y la violencia explícita. Willa Fitzgerald, en el papel de «The Lady», ofrece una interpretación magnética que guía al espectador a través de un laberinto emocional de vulnerabilidad y fuerza. Kyle Gallner, “The Demon” por su parte, redefine el arquetipo del depredador con matices que desdibujan las líneas entre lo humano y lo monstruoso. Y es que Gallner tiene la mejor cara de asesino sociópata de la década, como demostró, y disfrutamos, en The passenger. Ambos actores cargan con el peso de una narrativa que, en manos menos capaces, podría haberse desmoronado bajo su propia ambición.
El uso del formato en 35mm, a cargo del director de fotografía Giovanni Ribisi, añade un toque casi táctil a la experiencia visual. La textura del celuloide se combina con un uso expresivo del color, especialmente el rojo, que domina varias escenas como un recordatorio visual de la violencia latente en cada cuadro. Las vastas panorámicas de los paisajes de Oregón contrastan con los encuadres claustrofóbicos, subrayando la dicotomía entre libertad y encierro que permea la historia.
A pesar de sus muchas virtudes, Strange Darling no está exenta de riesgos. Su estructura fragmentada puede desafiar la paciencia de quienes esperan un desarrollo más convencional. Sin embargo, es precisamente esta apuesta por lo no lineal lo que le da a la película su personalidad única. Cada capítulo plantea nuevas preguntas y redefine las reglas del juego, manteniendo al espectador en un estado de alerta constante. Y es que su trama, contada de forma cronológica y convencional, carecería de gracia ni atractivo, notándose entrelazada con la decisión de romper esta estructura desde el propio planteamiento del guion y no como un añadido estético del director o el guionista.
Si bien algunas lecturas pueden interpretar ciertos giros narrativos como provocadores o incluso problemáticos, sería injusto ignorar la intencionalidad detrás de ellos. Strange Darling no busca ser cómoda ni complaciente; su objetivo es incomodar, sorprender y hacer que el público reconsidere las dinámicas de poder y los roles tradicionales en el género del thriller.
En última instancia, la película se alza como una obra que desafía las expectativas y celebra el poder transformador del cine independiente. Es un recordatorio de que el thriller, en manos de un narrador intrépido, puede seguir evolucionando y encontrando nuevas formas de inquietar y fascinar. Strange Darling no solo es un viaje intenso y visceral, sino también una declaración de principios: el cine de género sigue vivo, y tiene mucho que decir.