
En Yo y la que fui, la realizadora Constanza Niscovolos construye un retrato íntimo y delicado de la fotógrafa Adriana Lestido, sin caer en la trampa de la glorificación aun con la relación que las une. El documental propone un acercamiento humano, pausado y atento a los pequeños gestos, lo que le permite alcanzar una profundidad emocional sin necesidad de recursos grandilocuentes. Con una duración breve —apenas 69 minutos— el documental se apoya en la cercanía entre directora y retratada. Esa confianza compartida permite que la cámara esté presente en situaciones cotidianas y privadas sin que el artificio del cine las distorsione. A lo largo del film, Lestido habla, observa, recuerda y también calla. Y ese silencio también dice.
La estructura no responde a una cronología rígida ni a un esquema clásico de biografía. No se enumeran logros ni se repasa su carrera con exhaustividad, aunque sí se abordan algunos de sus trabajos más emblemáticos, como Madres e hijas o Mujeres presas. El foco está puesto más bien en el presente, en el proceso de cambio que atraviesa Lestido mientras se prepara para nuevos proyectos y reflexiona sobre lo hecho. La película se convierte así en un retrato en tránsito, más interesado en el movimiento que en el archivo.
El deseo que muestra Lestido de seguir explorando, incluso a costa de poner en juego lo material, es la fuerza motora de su vida. Su decisión de vender su casa para financiar un viaje al Ártico —que luego se convertiría en su primera película como directora— aparece en el film como un acto de renovación personal. No se lo presenta como una hazaña, sino como una elección vital coherente con una búsqueda artística constante.
En medio de esta mirada hacia el presente, el pasado también aparece. Hay momentos donde Lestido menciona a Willy, su pareja durante la juventud, desaparecido durante la dictadura. La mención es sobria, sin dramatización, pero cargada de una tristeza que no necesita explicarse demasiado. Esa pérdida, aunque apenas aludida, actúa como una herida subterránea que atraviesa la obra y la mirada de la fotógrafa. El documental no se detiene a explicar ese hecho, pero lo deja latir con respeto. Es una decisión narrativa acertada: no convertir el dolor en espectáculo, sino dejar que se inscriba como parte del trayecto vital.
Aunque también hay espacio para lo afectivo. Las escenas en las que Lestido comparte momentos con su círculo cercano aportan calidez y permiten conocer aspectos menos visibles de su personalidad. El documental se toma su tiempo para habitar esos instantes, lo cual refuerza la sensación de estar ante una obra construida desde la cercanía, no desde la distancia analítica.
Por momentos, esa elección por lo íntimo y lo cotidiano puede derivar en cierta repetición. Algunas escenas se extienden más de lo necesario o no terminan de aportar nuevas capas al retrato. Sin embargo, esa insistencia también forma parte del enfoque: no se busca impresionar, sino acompañar.
Visualmente, el documental mantiene una estética sobria, con un ritmo sereno y una cámara que observa sin interferir. No hay efectismos ni los necesita. Se valora la textura de los espacios, la luz y los rostros. La fotografía acompaña con sensibilidad, captando la atmósfera de cada momento, ya sea un encuentro entre amigos o una caminata solitaria frente al mar.
El valor principal de Yo y la que fui reside en su sinceridad. Niscovolos logra filmar sin invadir, sin forzar discursos ni imponer su visión. Confía en la mirada del espectador y permite que el vínculo entre imagen y palabra se construya con naturalidad. Es un documental hecho desde el respeto, donde la relación entre directora y protagonista se percibe como un lazo genuino y activo.
Sin alardes ni pretensiones, Yo y la que fui ofrece un retrato honesto de una artista que sigue en movimiento. Es una película pequeña en su forma, pero significativa en lo que expresa: el deseo de seguir mirando, de seguir creando, incluso cuando todo parece ya dicho.