
Tras una primera mitad del festival bastante floja, con algunas excepciones como Late night with the devil o The childe, entre otras, empieza la segunda parte. Cinco días más de películas que espero que sean las mejores del año. Algunas cuentan con todo mi apoyo, así que las esperanzas de que esta sea una buena edición siguen ahí. Con ánimo renovado, llego a las 8 de la mañana a Sitges.
El día empieza con The invisible fight, una película de humor sobre unos monjes ortodoxos que practican kung fu. Una obra con toques de wuxia llena de momentos cómicos y gags slapsticks. Sin embargo, lo que empieza llenando la sala de carcajadas termina siendo un aburrimiento al repetir la fórmula demasiado, alargando la broma a casi dos horas. Lo poco gusta y lo mucho aburre. Salgo disgustado de lo que pensaba que era una apuesta segura para disfrutar de buena mañana.
Bueno, borrón y cuenta nueva. Le toca la oportunidad a Best wishes to all, primer trabajo como director de Yuta Shimotsu. Película de terror japonés donde una estudiante de medicina viaja al pueblo a visitar a sus abuelos y una vez allí empiezan a suceder cosas perturbadoras que la llevarán al límite de la cordura. Qué bien suena cuando lo lees, ¿eh? Pues la película es un despropósito del “quiero y no puedo”. Los primeros 15 o 20 minutos aún tienen su aquel, pero el resto es metraje vacío. Como corto hubiese sido un 10, lástima.
Llega la pausa para comer algo y me da la bajona. Llevo cinco días viendo películas sin parar, más de veinte ya, y con esfuerzo recuerdo tres o cuatro que recomendaría a mis amigos. Y hoy empiezo mal con estas dos. Ya no sé si es la calidad general o yo que me he vuelto exigente. Tocará cruzar los dedos y buscar la luz en las próximas sesiones.
Le llega el momento a Cuando acecha la maldad, la propuesta argentina de Demián Rugna, director de Aterrados, que nos puso los pelos de punta en Sitges en 2018. Y por fin se obra el milagro. Esta es sin lugar a duda la película más terrorífica de lo que llevo de festival. La tensión se palpa en la sala con todos los espectadores conteniendo el aliento. No quiero fastidiar ni un segundo de ella, por lo que no voy a decir nada sobre su trama, pero hay escenas que me van a perseguir en las próximas noches. Todo un canto de amor al género macabro y sin tener que llenar de litros de sangre la pantalla.
La última por hoy es la película francesa El reino animal de Thomas Cailley. Una extraña enfermedad degenerativa está volviendo a los enfermos en animales sin raciocinio, en lo que parece una vuelta de tuerca a las películas de licántropos o a clásicos como La isla del doctor Moreau. Esta obra pierde tras su primera escena toda connotación al terror para centrarse en una trama humana sobre la pérdida y el trauma. He de reconocer que a mí no me llegó, puede que no empatizase con los personajes o que buscase otra cosa, pero el resultado en sala era palpable: gente llorando en cada fila de butacas. Sobra decir que la interpretación de Romain Durisse lleva todos mis aplausos.
Finalmente, lo que empezó siendo una réplica del primer día, básicamente decepciones y aburrimiento, fue mejorando con estas últimas dos grandes películas. Vuelvo a descansar para empezar mañana desde bien temprano con la satisfacción de haber disfrutado en la sala como merecíamos. Así sí Sitges, así sí.