
Pongo un pie en Sitges antes de las ocho de la mañana. No he dormido ni seis horas y tengo por delante sesiones hasta casi el amanecer. Tocarán cafés, bebidas energéticas y un milagro para que pueda aguantar el maratón cinematográfico. Momento de coger aire, pegar un trago largo al espresso y entrar en la primera sala del día.
Takeshi Kitano vuelve al festival con Kubi, una película de época japonesa que nos traslada a los tiempos de Lord Oda Nobunaga, antes de la unificación del imperio. Tramas políticas, artimañas rastreras de palacio y conspiraciones de todo tipo plagan las más de dos horas de deleite samurái. Para los entendidos de la historia del país nipón, una gozada, os lo aseguro, y para el resto de los mortales un disfrute de acción, humor (el de Kitano que tiene su aquel) y sangre. No es para nada lo que me esperaba al entrar, yo venía más a por algo serio y dramático, pero salgo dando palmas de contento con lo recibido.
Entro en la sala Tramuntana para ver Hundreds of Beavers. No sé qué esperar de ella, pero antes de que empiece entra por la puerta el director Mike Cheslik y el actor principal, Ryland Brickson Cole Tews, a decirnos unas palabras, hasta aquí todo normal, todo bien. Cuando por sorpresa son interrumpidos por tres personas disfrazadas de animales: un castor, un conejo y un perro. Ante tamaña ofensa, Ryland baja del escenario y empieza a pegarse de ostias en lo que ha sido la mejor performance que he visto en años en Sitges. Con los tres animalitos KO en el suelo, y tras un discurso donde el director volvió loca a la traductora cortándola y confundiéndola, empieza la película.
Hundreds of Beavers cuenta la historia de un cazador de pieles en pleno invierno. En su viaje de descubrimiento de los entresijos del negocio, comenzará una cruzada contra el ejército de castores que están ocupando las tierras donde vive. Esta película de humor puro está fuertemente inspirada en la animación clásica de los Looney Tunes o Charles Chaplin, tanto en la estética en blanco y negro como en los registros cómicos, prefiriendo un buen chiste de caídas y golpes a uno sobre dobles sentidos o ingenio. Tras la experiencia con The invisible fight ayer mismo, esperaba el momento donde la repetición hiciera espacio al aburrimiento, pero para mi sorpresa consiguen introducir suficientes elementos nuevos en la trama como para dar la sensación de frescura a cada nuevo gag. Toda una delicia de los amantes de los cartoons.
Sin tiempo para digerir lo que acabo de ver, y disfrutar, me someto a la tortura aracnofóbica de Vermin: la plaga, del director Sébastien Vanicek. Un edificio se verá invadido por una plaga de arañas muy agresivas que atacarán a los inquilinos haciendo del bloque de pisos su territorio. Aunque la historia no está mal y la actuación de Finnegan Oldfield es más que notable, se nota la falta de ideas más allá de la premisa inicial. Las escenas de tensión son resueltas con sacudidas de cámara confusas e imágenes borrosas mientras los actores se gritan unos a otros sin mucho sentido. Como punto positivo he de remarcar la calidad de los efectos digitales de los arácnidos que consiguen dar asco, por mucho que no les tengas miedo a las arañas.
Sigo con La espera, de F. Javier Gutiérrez e interpretada sublimemente por Víctor Clavijo. El título le va qu no pintado a la obra, pues te pasas toda la película esperando a que suceda algo. La historia trata sobre una familia que son los encargados de vigilar las tierras de la sierra española de un terrateniente. Debido a la codicia, hay un accidente en una partida de caza y las cosas solo van de mal en peor para ellos. Es una lástima que los cuatro elementos sobrenaturales que se muestran espolvoreados por las casi dos horas de película no se lleven a más y solo sean una anécdota a pie de página. Con algo más de ritmo y con más folk horror del que tanto presumen, podría incluso recomendarla.
Y por fin, con los ojos cansados empiezo el despropósito de Divinity, de Eddie Alcazar. Con solo el primer minuto, ya me da la sensación de que han metido cosas de más, tanto en la estética como en la banda sonora o la narrativa, solo para simular profundidad a algo que no lo tiene. Es como querer contar algo simple, pero solo para aparentar y sin que aporte, se graba en blanco y negro, se introducen disonancias en la música, se proponen ángulos y planos obtusos, se añade una escena en spot motion, simbolismos ambiguos repartidos como confeti y todo macerado con interpretaciones de baja calidad. Un desastre desde cualquier punto de vista.
Termino mi intensa jornada contento por lo recibido. Cierto es que las últimas no han estado a la altura, pero aun después de quince horas, me sigo riendo de algunos chistes de castores. Me despido de Sitges por hoy y espero que mañana no pierda esa magia que estoy empezando a notar.