Ha vuelto como cada año el Festival internacional de Cine fantástico de Sitges con su 57ª edición. Este año ha sido bastante completo por lo que será mejor ir paso a paso, día a día para contaros todo lo que he visto por aquí.

El primer día a empezó totalmente gris y el cielo amenazaba con descargar en cualquier momento. Fiel a la costumbre, las sábanas se me habían pegado, haciendo que llegase tarde a recoger mi acreditación. Así que, como si fuera una señal del destino, me perdí la primera proyección del día, The Damned en el Escorxador. Pero allí estaba, cargado con tres cafés que me sostenían más que mi entusiasmo por esta primera la jornada y dispuesto a enfrentarme al resto del día en las salas. Eso sí, la falta de la sala Retiro, que está en obras este año, se hacía notar. La substitución de esta sala, de las grandes del festival, por la nueva y reformada Escorxador con solamente 120 butacas, y 0 de estas destinadas a prensa, puede que no haya sido la mejor decisión. El festival se sentía un poco cojo, como si faltara algo esencial.

Comencé el día con The Glassworker, de Usman Riaz, que tenía una premisa interesante, pero a la práctica falla en casi todo. Se vende como una historia antibelicista, pero la película prefiere enfocarse en la relación insulsa entre su protagonista, Vincent, y Alliz, la hija del coronel. La guerra, que debería ser el eje central, queda relegada a un segundo plano que apenas tiene impacto en la trama. Además, es imposible ignorar cómo el estilo visual bebe demasiado de Studio Ghibli, pero sin la gracia, ni el encanto, ni el cuidado de ese gigante de la animación. Siendo el primer largometraje de animación tradición de Pakistán, esperaba un estilo propio y una historia original y menos comercial. Riaz tiene buenas intenciones, pero una ejecución débil tanto en la narrativa como en el dibujo. Al final, lo único que resuena es una imitación fallida de obras mejores.

Después de ese inicio fallido, Infinite Summer de Miguel Llansó parecía prometer algo más peculiar con su misterio transhumanista, pero lo único que logró es hacerme mirar el reloj. La protagonista, Mia, carece de cualquier atisbo de personalidad y todo lo que sucede parece ser porque sí, sin motivo alguno ni coherencia. La historia avanza a trompicones, acumulando escenas que intentan ser provocativas o intrigantes, pero nunca lo consiguen. Llansó, conocido por su humor extraño, aquí no logra arrancar ni una sonrisa. El final, además, no lleva a ninguna parte, quedándose en reflexiones vacías que no culminan en nada interesante. Una lástima.

Finalmente, Desert Road de Shannon Triplett ofreció la mejor experiencia del día, pero tampoco está exenta de problemas. La trama de un bucle temporal en el desierto está bien planteada y, técnicamente, es notable. La atmósfera funciona, y el desierto se convierte en un escenario inquietante y claustrofóbico. Sin embargo, en una historia de este tipo, lo más importante es cómo se enlazan los acontecimientos para crear un sentido de cierre y coherencia. Aquí, ese enlace no se consigue ni lo intenta. El desarrollo va en la dirección correcta, pero Triplett no termina de conectar las piezas, dejando una sensación de insatisfacción que empaña lo que podría haber sido un buen debut.

Y así terminó el primer día. No puedo decir que haya sido una entrada triunfal al festival. Las expectativas, por ahora, siguen sin cumplirse. Mañana será otro día, con suerte mejor, pero por hoy, parece que Sitges 2024 se ha despertado con el pie izquierdo.