
Bueno, por fin llegó el cuarto día del festival. Tocaba una jornada variada, con propuestas de ciencia ficción, terror y comedia, pero, sobre todo, tocaba correr de una sala a otra para llegar a tiempo. Aunque la calidad de las películas fue desigual, todas mis esperanzas estaban puestas en el cierre de la jornada. Y no defraudó.
De buena mañana, con apenas cuatro horas de cama encima, entré a Rich Flu, de Galder Gaztelu-Urrutia. La película parte de una idea intrigante: un virus que afecta únicamente a los más ricos, obligando a la gente a deshacerse de sus fortunas para salvarse. Sin embargo, en la práctica, la película no consigue sorprender y ves desde muy temprano lo que va a pasar. A pesar del sólido trabajo de Mary Elizabeth Winstead y Rafe Spall, el desarrollo de la trama no está a la altura de las expectativas. La tensión que debería generar esta distopía queda diluida en una historia que no logra explotar todo su potencial, dejando la sensación de que algo importante se ha perdido en el camino.
Tras esto tocaba recuperar las horas de sueño faltantes, pero antes fui a repasar los stands de venta de la playa del festival. Como cada año, multitud de tiendas ponen a la venta dvds, blu-rays, posters, muñecos y demás objetos de coleccionismo pensados para los amantes del cine y del horror. Una parada obligatoria en todas las ediciones del festival que llevaba días aplazando.
Ya después de la siesta y la cena, le tocó el turno a Continente, dirigida por Davi Pretto. Pero este es otro ejemplo de una película con una premisa interesante que no logra cumplir con lo prometido. La historia tiene un buen arranque, pero pronto cae en una serie de repeticiones que la vuelven monótona. Rápidamente, deja de explicar el porqué de las cosas y los eventos avanzan basados en sutilezas que no obtienen respuesta más adelante. Las muertes fuera de cámara y la insistencia en cierto ritual con toques sexuales (me callo el spoiler) le restan impacto, mientras que la falta de una explicación clara de las reglas del mundo sobrenatural propuesto deja demasiadas incógnitas. Aunque tenía el potencial para ser un thriller envolvente, todo queda en eso, potencial.
Y cerrando el día, después de correr de la sala Tramuntana hasta el Prado, quién haya paseado por Sitges va a entender mi sufrimiento, me dispuse a ver Le deuxième acte (el segundo acto). Esta película es puro Quentin Dupieux: una comedia absurda sobre el cine en sí mismo, que aprovecha cada momento posible para romper la cuarta pared. Aquí, la trama es secundaria, casi inexistente, y lo que realmente importa son los diálogos que juegan constantemente con el metalenguaje del cine. Los personajes se quejan de los papeles que interpretan y discuten sobre las líneas que tienen que leer, creando una sátira que se ríe no solo del cine, sino también de la propia representación cinematográfica. Para quienes disfrutan del estilo único de Dupieux, esta película es todo un deleite, llena de momentos cómicos y reflexiones sobre el cine mismo. ¡Oh! ¡Y ese final! Totalmente indispensable.
Resumiendo este día puedo afirmar que fue un poco irregular, con películas que tenían ideas atractivas, pero que no siempre lograron concretarse de manera satisfactoria. Aun así, el humor irreverente de Le deuxième acte de Dupieux me ofreció un respiro divertido y refrescante en una jornada en la que las expectativas superaban a lo recibido.