Este quinto día del festival vino acompañado de un clima irregular, con un calor sofocante durante el día, unas temperaturas de verano en toda regla, y una noche que parecía querer congelar a todos los que se atrevieran a pasear por las calles de Sitges. A pesar de las condiciones climáticas, las salas de cine seguían llenas, cosa rara para ser un lunes. Después de una comida de reencuentro con algunos compañeros de prensa que hacía un año que no veía, tocaba viajar a la Sala Prado, de la que no salí en toda la jornada.

El primer film del día fue Arcadian, de Benjamin Brewer, la nueva película de Nicolas Cage. Prometía una historia de supervivencia y horror con criaturas subterráneas que asedian una remota granja, y aunque las escenas de acción y suspense están bien ejecutadas, el entusiasmo de Nicolas Cage por la historia deja bastante que desear. El Coppola, quien ha demostrado recientemente en Dream Scenario que puede brillar cuando la historia lo atrapa, aquí parece en piloto automático, recordando más a su desempeño en Willy’s Wonderland, desganado y sin interés. Aun así, el metraje mantiene la tensión y resulta entretenido, pero la falta de motivación evidente de su protagonista principal le resta fuerza al conjunto. Otra película olvidable más en la larga filmografía del actor.

Seguido vino el último proyecto de Edgar Nito. Un cuento de pescadores es una sólida propuesta de folk horror ambientada en un pequeño pueblo pesquero de Michoacán. La película entrelaza cuatro relatos que se complementan bien entre sí, sin que ninguna de las historias destaque más que las demás, lo que da un equilibrio perfecto para hacer interesante todo lo que quiere contar. Las motivaciones de los personajes son creíbles, y la atmósfera opresiva del pueblo es palpable en la sala. No hay grandes interpretaciones ni pretende ser más de lo que es: una historia bien contada con un cierre contundente. Sin duda, un ejemplo de cómo hacer folk horror sin grandes pretensiones, pero con efectividad (te miro a ti Basileia).

Y ya tras la cena, le tocó turno a Steppenwolf, de Adilkhan Yerzhanov. Y lo siento, pero esta película tiene un grave problema desde el inicio: sus protagonistas. Un torturador de la policía y una mujer que se expresa menos que una piedra crean una dinámica con la que es difícil empatizar. La película intenta llevar al espectador por los caminos de la tristeza, es un mundo muy al estilo de la primera Mad Max, pero lo que logra es generar un rechazo general hacia todos los personajes, tanto principales como secundarios. Lo más curioso es el evidente plot armor de los protagonistas: todas las balas que deberían dañarles fallan y todas las armas se encasquillan cuando se les apunta, lo que añade un toque de humor (quizá involuntario) a una historia que debería ser más sombría. Aunque la atmósfera desolada del paisaje es digna de mención, la película no consigue conectar emocionalmente, por lo que a la larga desconectas de lo que te cuenta y solo quieres ver si mueren ya de una vez.

Lamentablemente, este día destacó más por las decepciones que por las alegrías, pero me ofreció una muy disfrutable obra mexicana. Entre el calor sofocante y la noche fría, Sitges sigue su marcha con altibajos, pero con la promesa de días más interesantes por venir.