
Ya empieza la recta final de mis días en Sitges. Mi valoración por el momento es bastante positiva, sobre todo si lo comparamos con el año anterior. Es cierto que por el momento pocos títulos son memorables y que me he llevado más decepciones que alegrías, pero en general está siendo una muy buena edición. Toca comenzar el séptimo día bajo el calor veraniego que en pleno octubre se niega a abandonar la ciudad.
Madrugo para llegar a tiempo a Tenement, de Inrasothythep Neth y Sokyou Chea, en la mini sala Escorxador. Tenement comienza con una premisa intrigante, y su primera mitad es un auténtico placer para los amantes del horror asiático. La atmósfera se va construyendo lentamente, y el espectador es arrastrado a un mundo lleno de oscuros secretos familiares y un terror urbano bien presentado. Sin embargo, una vez que se desvela hacia dónde se dirige la trama, el film pierde parte de su frescura y se vuelve predecible. Aun así, los efectos prácticos, aunque de bajo presupuesto, cumplen su función, y la sonrisa perturbadora de Sveng Socheata es probablemente lo más aterrador de toda la película. Un buen intento, pero con un final que no sorprende tanto como debería.
Después comer en los food trucks del festival, viene uno de los platos fuertes de la edición. Con su humor característico y sus tramas simples, pero adictivas, llega la cuarta película de la saga con The Roundup: Punishment, de Heo Myeong Haeng, que no decepciona a sus fans. Ma Dong-seok, como siempre, entrega lo que promete: golpes contundentes y acción desbordante. Esta vez, el tema de los criptocasinos aporta un enfoque fresco y más relevante, lo que la convierte en una historia más interesante que la tercera entrega con sus líos de drogas y polis corruptos. La mezcla de humor slapstick, combinada con la pasividad casi cómica de Dong-seok, que tanto recuerda al estilo de Bud Spencer, es precisamente lo que le ha dado éxito a la franquicia. Para quienes disfrutan de ver a Ma impartir justicia con sus puños, esta película no defrauda y mantiene el nivel que se espera de la saga.
Ya al caer la noche, entro a la sala Auditori a ver que me presentan con Mr. K. Es una película que claramente no es para todos, pero aquellos que disfrutan de obras oníricas con mensajes velados y sutiles críticas sociales encontrarán en ella una joya. Tallulah Hazekamp Schwab crea un relato lleno de detalles ocultos que pueden pasar desapercibidos en un primer visionado, pero que enriquecen la experiencia a medida que se desentrañan. La historia reflexiona sobre la sociedad y su obsesión con el progreso en el trabajo, el ego de las figuras públicas y la idolatría en falsos líderes que ella misma crea, mientras descuida su libertad y estabilidad, incluso física. Aunque el final puede dividir opiniones, la película logra ofrecer una experiencia inmersiva y agobiante. En cierto sentido, recuerda a Mother! de Darren Aronofsky, aunque con un enfoque y mensaje diferentes. Personalmente, salí encantado.
La gran decepción del día llegó con Night Silence (Cisza nocna), de Bartosz M. Kowalski. Aunque Maciej Damiecki carga con la película a sus espaldas con una interpretación sólida, el film en su conjunto no consigue ofrecer nada nuevo. La película aborda los miedos y la soledad de los ancianos en los asilos, pero el terror que prometía queda diluido en una narrativa que no logra atrapar al espectador. Con una trama que no aporta sorpresas, y una atmósfera menos aterradora de lo esperado, Night Silence se queda corta y deja la sensación de que podía haber sido mucho más.
El séptimo día ofreció una buena dosis de emociones, desde una reflexión social encubierta hasta la acción desenfrenada de una saga que sigue dando de qué hablar. Aunque no todas las películas estuvieron a la altura, hubo momentos que brillaron y dejaron una huella en la jornada. Ahora solo resta volver a la cama y esperar que más me va a ofrecer está edición del Sitges Festival.